domingo 25 de mayo de 2008

De espantos y espantajos

En el campo argentino abundan las leyendas de aparecidos, aunque muchos no las consideran leyendas. No sé si al día de hoy, cuando por las noches no se viaja a caballo sino en todoterrenos, alguien contará que ha tenido un encuentro. Pero en tiempos de mi madre y de mi suegra, ambas del campo, los relatos eran en primera persona y todos los pueblos tenían unos cuantos.

Por los pagos de mi madre rondaban la luz mala, la viuda y el chancho, y los tres tenían testigos presenciales que repetían sus historias a quienes quisieran volver a escucharlas, con renovado escalofrío de los asistentes y aumentado prestigio del narrador. Si el relato se hacía de noche y a la luz del fogón, algo común a principios del s. XX cuando la electricidad no había llegado al campo, los efectos se multiplicaban.

El aparecido más frecuente era la luz mala, que se tenía por un alma en pena y presagiaba desgracia para el que la viera. Más tarde, gentes de la ciudad explicarían que era una fosforescencia emitida por las osamentas del ganado que quedaban tiradas en el campo. Fosforescencia o no, el que la veía llegaba a las casas demudado y contaba el sucedido en voz baja. A partir de ese momento, casi todos evitarían por un tiempo ese paraje y unos pocos irían a propósito para tener también ellos su momento de fama.

Mi suegra contaba que en su pueblo, allá por los años 30, se corrió la voz de que en un cruce de caminos se aparecía el diablo. Un joven amigo suyo decidió personarse una medianoche, no sé si para refutar las habladurías o para medirse con el malo. Volvió a la mañana siguiente con todo el cabello blanco y nunca quiso hablar de lo que había visto.

Menos frecuente pero mucho más romántica y temible que la luz mala era la viuda. Se cuenta que “Es el alma de una señora que murió al enterarse de que su marido le era infiel y firmó un contrato con el diablo para vivir eternamente y poder vengarse. Por lo general sale de noche y sube a las ancas de los caballos de los hombres que vuelven a sus casas. Sólo se la puede combatir con un crucifijo o un rosario y sin tener miedo. En la zona de los Valles Calchaquíes se dieron varios casos de paisanos que fueron "espantados" por la viuda.”

En la etérea Zamba para la viuda, El Cuchi Leguizamón dice que el fantasma “pena por el rubio Soria, difunto y sin sepultura”, lo que hace suponer no una infidelidad sino un gran amor desgarrado por la muerte y la ignominia. Y añade que:

Tiemblan caballo y jinete
cuando se enanca la viuda.
Es pedigüeña de amores
y, si el hombre se le asusta,
le clava en medio del pecho,
mismo que garras, las uñas.

Tan arraigada está la viuda en la imaginería argentina, que en todo el país se usa la expresión “se le apareció la viuda” para decir que alguien ha sufrido un hecho inesperado y desagradable (también en esta alegoría moderna sería útil recordar que "la viuda", si no te asustas, no te mata).

El que menos se dejaba ver era el chancho (chancho es voz americana, probablemente derivada del quechua, y significa cerdo). Nunca me han contado de nadie a quien se le haya aparecido, y tampoco de qué forma se presentaba o por qué. Si los cerdos tienen alma, no sería raro que varias de ellas vagaran en pena, con la cantidad de estos animales que se sacrifican en el campo. Pero no ha de ser, porque entonces andarían de aparecidos también las vacas.

Curiosamente, los fantasmas de animales se dan por existentes en varios países. Por ejemplo el pollo congelado de Pond Square, en Londres, del cual podríamos hablar en otra ocasión.

publicado en El cronosferio