Quiero compartir un pequeño milagro, de ésos que hace bien recordar cuando el ánimo decae.
Hace varios años, me enamoré de una mesa rodante usada. Pedían 10 euros y estaba en buenas condiciones, así que me apresuré a comprarla antes que la descubriera otro. Más tarde nos mudamos temporalmente a otra ciudad y alquilamos nuestra casa amueblada y equipada. A la vuelta descubrimos que la inquilina se había llevado muchas cosas, entre las cuales estaba la mesa rodante.
Empecé a buscar por las tiendas y había mesas parecidas, pero costaban 75 euros (que no estaba dispuesta a pagar) y ninguna era negra y lisa como la mía. Encontré blancas lisas y decoradas, celestes, verdes, naranja. Incluso vi una más barata pero seguía siendo mucho dinero y, además, no era negra y lisa.
Y aquí empieza la historia.
M.F. quería llevarnos al restaurante italiano que un amigo suyo acaba de abrir en Barcelona. Dos veces quedamos y las dos lo tuvimos que cancelar. Por fin llegó la tercera y acordamos horario y lugar de encuentro para cenar al día siguiente.
A la mañana del otro día, M.F. llamó para proponernos que fuéramos un rato antes, así nos dábamos una vuelta por el casco antiguo de Barcelona. La vuelta fue larga, distendida y sin rumbo fijo, doblábamos las esquinas sin pensar, distraídos en la charla. Ya de camino al restaurante, en una calle por la cual no hubiésemos pasado si no hacíamos el paseo, tirada en espera del basurero había una mesa rodante exactamente igual a la mía salvo por dos detalles: estaba en mejor estado y le faltaba una rueda. Las cuatro ruedas nuevas costaron 4,5 euros.
Para que encontrara la mesa tuvieron que encadenarse varios hechos aleatorios: alguien de Barcelona la tiró justamente el día en que yo iba a esa ciudad después de dos intentos fallidos, M.F. tuvo la idea súbita de que fuéramos más temprano, llegamos a esa calle sin pensarlo y, en vez de caminar junto a mis compañeros mirándolos durante la conversación, me rezagué y los ojos me cayeron sobre la mesa. Todo porque, desde meses atrás, le venía diciendo al Universo que quería una mesa igual a la otra y que no iba a pagar lo que costaba una nueva.
Si alguien opina que fue una sucesión de casualidades, espero que sea un matemático y calcule qué probabilidad había de que eso ocurriera. Y que, además, le guste la filosofía y recuerde aquello de la navaja de Occam. Después, sólo después, lo podremos discutir.
Publicado en El Cronosferio

