martes, 27 de mayo de 2008

El pollo congelado de Pond Square

En una nota anterior nos propusimos contar la historia de este pobre animalejo, y aquí cumplimos.

Un fantasma triste, estrambótico, que se merece un puesto en los anales de la industria alimentaria, merodea por Pond Square, en el barrio londinense de Highgate. Es el fantasma de un pollo desplumado y medio congelado. Y el responsable es nada menos que el gran filósofo Francisco Bacon, Lord y ex canciller de Inglaterra.

En 1626, a la edad de 65 años, Bacon fue acusado de corrupción, condenado a prisión en la Torre de Londres y multado con 40 000 libras esterlinas. Aunque más tarde lo indultaron, quedó inhabilitado para ocupar cargos públicos. Libre de los trajines del poder terrenal, el filósofo se dedicó más tranquilamente a los misterios del Universo y a su comprensión.

Una nevosa mañana de marzo de 1626, mientras viajaba en su coche de caballos por las calles de Highgate, le saltó a la mente una pregunta sin respuesta. ¿Por qué la hierba, tras pasar el invierno bajo la nieve, aparecía verde y fresca en las huellas que dejaban las ruedas del coche? ¿Acaso la nieve poseía un poder conservante?

Llegado a Pond Square, Bacon hizo detener el vehículo y mandó al cochero a comprar inmediatamente un pollo en una granja cercana. Acto seguido le ordenó que lo matara, lo desplumara casi por completo y le quitara las vísceras. En ese momento, con gran estupor de la pequeña multitud que se había reunido a su alrededor, Bacon se apeó del coche y comenzó a rellenar el pollo de nieve. Hecho esto, lo metió en un saco que también llenó de nieve.

Mientras estaba infligiendo este insólito tratamiento al ave, sufrió un escalofrío y cayó desmayado sobre la nieve. Transportado de urgencia a la casa de su amigo Lord Arundel, murió al cabo de pocos días.

Qué le pasó a Lord Bacon después de su muerte, nadie lo sabe. Pero el pollo, por lo que se cuenta, se quedó en los alrededores de Pond Square. Desde entonces fue visto unas cuantas veces, pelado y tembloroso, corriendo en círculos mientras agitaba las alas. La señora Greenhill, que vivía en Pond Square durante la Segunda Guerra Mundial, presenció varias apariciones del fantasma durante las noches de luna. Un guardia de la defensa civil afirmó que el pollo solía dejarse ver por la plaza. Un hombre intentó atraparlo, pero el pollo desapareció a través de una pared de ladrillos.

Una noche de enero de 1969, un automovilista se detuvo en Pond Square por una avería de su coche y notó un gran pollo blanco junto a una pared. Miró a su alrededor y, cuando volvió sus ojos al pollo, éste había desaparecido. Un año después, una joven pareja se estaba despidiendo cuando un gran volátil blanco pasó de golpe a su lado. Corrió dos vueltas en círculo y desapareció en la oscuridad.

(Peter Underwood, Haunted London)

Janas, lamias, donas y fuentes prodigiosas

Quien haya escuchado de noche, en la soledad del monte, el fluir de las fuentes o el murmullo de los arroyos, al oír las oscuras y cantarinas voces de mujer que se mezclan con el sonido de las aguas, entenderá las viejas historias acerca de las ninfas que habitan en ellas. Son las xanas o janas asturianas y leonesas, las anjanas cántabras, las lamiñak vascas, las donas o dones d’aigua aragonesas y catalanas. En el resto de España hay unas moras o mouras que cumplen ese mismo papel y que a veces se confunden con las que pudiéramos llamar “moras” genuinas. Muchísimas fuentes están señaladas por su presencia o algún suceso en que ellas intervinieron.

Las xanas y janas son muy bellas, visten túnicas de blanco lino, tienen hermosas melenas rubias que peinan con peines de oro y cautivan con su voz. Hacendosas, hilan sin cansancio, con huso y rueca, sus madejas de hilo de oro, que extienden a la orilla del agua, después de lavarlas, en las noches de luna llena. Son caprichosas, en general temibles, pues atraen a los mozos para ahogarlos en las fuentes de los ríos. No pueden dar de mamar a sus hijos, que se crían desmedrados, y a veces los cambian por los hijos más rollizos de los mortales. Pueden producir malos hechizos. También pueden regalar una madeja o una figura de oro. Se ha dado el caso de haberse casado alguna de ellas con un mortal, aunque no se conoce que ninguno de estos matrimonios haya dado buenos resultados.

En la fuente del Naranco del Val de Osín o Valdosín, León, donde brota uno de los manantiales del río Esla, hubo una jana que se estaba peinando los cabellos con su peine de oro. Pasó cerca un pastor y la jana le preguntó qué era lo que más le gustaba de ella. El pastor, encandilado por el brillo del oro, dijo que el peine, y la jana se retiró a la fuente con aire de enojo. Cuando volvió al rebaño, el pastor descubrió consternado que los lobos lo habían diezmado. Sin embargo, en la fuente de Pumarín, en Blimea, Asturias, una xana le preguntó lo mismo a otro pastor y, al responderle éste que le gustaba toda ella, pues nunca había visto una mujer tan hermosa, la xana le regaló dos ovillos de oro. En Nueva Dellanes, Asturias, se canta un romance que habla de una xana que vivía en la fuente de Cueto Lloro, y que en sus cantos atrajo a tres niñas hasta el interior de la tierra, donde se perdieron para siempre.

También en el berciano lago de Carucedo –y no en otros, como algunos narradores poco rigurosos señalan– vivió una jana llamada Carucea que, para tomar venganza de los romanos que habían invadido su territorio y destruían sus montañas en busca de oro, atrajo hasta las aguas al pretor Carisio, con el señuelo de su hermoso cuerpo y de un bellísimo palacio de cristal que sería su morada. Allí hizo que se ahogase el implacable invasor.

Las anjanas son al parecer muy semejantes a las janas, aunque se asegura que son espíritus sosegados y que Dios las creó para hacer el bien, que cantan y danzan con mucha dulzura, que son obsequiosas y que sus grutas tienen el suelo de oro y las paredes de plata. También hay quien dice que las anjanas vengan a las mujeres burladas.

Los narradores cuentan que las lamias vascas, que entraron en decadencia cuando llegó el cristianismo a sus tierras, eran hospitalarias y amigas de la conversación. Se cuenta que un vecino de Indusi, para protegerse de una tormenta, se metió en una gruta que existe en aquellos parajes, llamada Cueva de Balzola. En la cueva vivía una lamia, que en aquella ocasión se apareció al inesperado visitante y estuvo departiendo buen rato con él. Al despedirse, la lamia le regaló a su interlocutor un pedazo de carbón, que al salir de la cueva se transformó en oro puro.

En Caldes d’Estrac, Barcelona, hubo una dona d’aigua que habitaba desde hacía mucho tiempo en la llamada Torre de los Encantados, un lugar cargado de historias prodigiosas. Las gentes del lugar atribuyeron a la dona una larga racha de malas cosechas y escasez de pesca que había sobrevenido de repente. Un grupo de vecinos fue a visitar a la dona para contarle sus cuitas y suplicarle respetuosamente que se trasladase a otro sitio. Ella, compadecida, les dijo que iba a regalarles una riqueza que nunca habría de faltar, para fortuna del pueblo. Y con un golpe de su varita de fresno, hizo brotar de una peña el manantial de agua salutífera que ha dado fama y prosperidad a la villa.