martes 3 de junio de 2008

Un perfume de violetas

El Emperador Napoleón III, la emperatriz Eugenia de Montijo y su hijo Luis, tras el desastroso resultado de la guerra franco-prusiana de 1870, se refugiaron en Inglaterra bajo la protección de la reina Victoria. Luis, por lealtad al país que lo acogía, se unió a un regimiento inglés que iba a combatir en Suráfrica. En 1879, el príncipe murió en una batalla contra los zulúes y, por las prisas, fue sepultado en la selva.

Eugenia tomó entonces la decisión irrevocable de llevar el cuerpo de su hijo de vuelta a Inglaterra para que descansara en la tumba de la familia. En 1880, la ex emperatriz partió hacia África con dos acompañantes, decidida a encontrar la sepultura del príncipe, y contrató a unos guías zulúes para que la ayudaran en su empresa.

Pero la selva se regenera rápidamente y, durante mucho tiempo, no fue posible encontrar la tumba. Los amigos de Eugenia, preocupados por su salud, le rogaban que pusiera fin a esta misión aparentemente sin esperanzas, pero ella insistía en continuar la búsqueda.

Una mañana corrió hacia la selva gritando “Par ici! C’est la route!” (¡Por aquí! ¡Éste es el camino!). Sus incrédulos acompañantes la siguieron por la selva, mientras ella corría sorteando rocas y troncos caídos, entre hierbas que superaban su altura, como siguiendo un sendero claramente trazado, hasta que llegó a una lápida totalmente cubierta por la vegetación. Era la tumba del príncipe Luis.

Contó a sus compañeros que la había guiado un perfume de violetas. Luis amaba ese perfume y lo usaba siempre. Eugenia había seguido el perfume hasta que el rastro se desvaneció, exactamente sobre la tumba de su hijo.
(Raymond Lamont Brown, Phantom Soldiers).